La “luna de
miel” es uno de los sucesos tradicionales que, de algún modo, aúna
distintos países, culturas e incluso religiones. Más allá de la unión civil,
cada cultura tiene sus costumbres y sus maneras con respecto al casamiento,
a la “formalización” de una relación –la más de las veces- sentimental, formas
que están, por lo general, estereotipadas de acuerdo a la religión de los
novios.
Hoy en día, la luna de miel es otro
símbolo en ese gran concierto de “rituales” que tiene como objetivo dar el
consentimiento en el enlace de esas dos vidas: es mucho más que un viaje,
es el primer momento de vida conyugal –aunque, a decir verdad, ya no es tan
así, la mayoría de las parejas occidentales ya han pasado por la convivencia
antes de dar el sí en el altar-.
De cualquier
forma, existen varias versiones con respecto al origen de la luna de miel
y todas ellas suenan como probables. Una de ellas, se remonta más de 4 mil años
atrás, y nos ubica en la cultura babilónica (asentada en los
territorios de lo que hoy es Irak). Allí se tenía como costumbre que el
padre de la flamante novia le facilitase al novio la cantidad suficiente de
cerveza de miel como para beber durante un mes entero, es decir, un ciclo
de entero de la luna.
Otra teoría,
apunta a la antigua Roma: la madre de la novia debía
dejar en la alcoba de la noche de bodas una vasija llena de miel para
que los recién casados pudiesen recuperar, a través de la ingesta de este dulce
de las abejas, toda la energía gastada durante sus encuentros íntimos. Además, se
consideraba a la miel un vivificante de la fertilidad.
Existe
también otra versión que alude a los teutones que habitaron en Alemania,
allá por la Edad Media: este pueblo celebraba sus bodas sólo
en noches de luna llena y, tras el acontecimiento, los recién casados tenían
que beber licor de miel durante los 30 días posteriores al casamiento. Este
período se lo conocía, precisamente, como luna de miel.
Los
escandinavos (en el norte de Europa) también han dado su aporte a este conjunto de posibles
orígenes, ya que durante esa primera luna o primer mes posterior al
enlace, se estilaba que los novios bebiesen hidromiel, una bebida
elaborada con vino y miel, la cual, al igual que en el caso de Roma, se creía
que aumentaba la fertilidad.
Y si dejamos
de lado el origen de esta tradición y nos referimos a lo que significa en la
actualidad, y como llegó hasta nuestros días esta costumbre de irse de viaje
tras el casamiento, podemos decir que, según se cree, tiene su fundamento en
los burgueses ingleses del siglo XIX quiénes tras las bodas realizaban
una especie de excursión nupcial en la cual visitaban a aquéllos
parientes que no habían podido asistir a la celebración.
La idea de
este tour nupcial se propagó rápidamente por el resto de Europa y, ya en el siglo XX se
popularizó gracias al avance de los medios de transporte y al surgimiento del
turismo masivo.